Manuel, excluido por la sociedad, enfrenta la vida con la dignidad en alto

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Manuel, excluido por la sociedad, enfrenta la vida con la dignidad en alto

Con su familia lucha duro para intentar construir una casa, de la cual sólo han podido levantar dos paredes en diez años

Lery Laura Piña/Acento.com.do

Manuel, excluido por la sociedad, enfrenta la vida con la dignidad en alto Manuel Emilio Sepúlveda. César de la Cruz/Acento.com.do

SANTO DOMINGO, República Dominicana.- La casita es un montón de tablas inclinadas hacia el suelo, a punto de desplomarse. La primera impresión es que, definitivamente, está deshabitada. Sin embargo, una voz alta y varonil que proviene del interior de la vivienda aclara que no es así: “¿Cómo que aquí no vive gente?”, pregunta mientras se acerca al cuadro de luz que se forma en la puerta.

El hombre, cuya figura todavía no se ve claramente, hace la pregunta con el ímpetu de quien se defiende de una ofensa: “Aquí sí vive gente. Aquí vivo yo”, se responde, como quien emite una  sentencia.

Cuando su cuerpo por fin deja de ser una sombra que se mueve en el fondo de la casucha y se arrima a la puerta, todo se percibe un poco más triste. El hombre es joven, como lo había indicado su voz, pero es difícil desviar la atención de sus características físicas menos afortunadas, como esa cicatriz que le atraviesa el vientre de manera vertical y la dramática condición de tener sólo una pierna.

Su nombre es Manuel Emilio Sepúlveda y, a pesar de su estado físico, aparenta tener menos de sus 42 años de edad. Con el comentario se siente halagado. Sonríe mientras explica que sí, que siempre se lo dicen.

De inmediato le pide a su hija Lucía que le busque la chancleta para no recibir así, descalzo, a los visitantes.  Se sienta y se dispone a responder amigablemente todo lo que se le pregunta, quizás con esa secreta esperanza con que los muy pobres a veces acogen a los periodistas o a los representantes de las ONG.

Que cómo perdió la pierna derecha es la primera pregunta que aflora, quizás contra todo sentido de la discreción. Pero lo mejor es hablar de otras cosas primero, como de su familia, por ejemplo.

Manuel vive en este rancho  con su esposa y cuatro hijos, además del hijo mayor de la mujer, que de manera esporádica –cuando se pelea con su abuela- viene a pasar algún tiempo con ellos.

Pasa de las cinco de la tarde y ella todavía está en el puesto de dulces y frutas, junto a la terminal de los autobuses que viajan para el sur. La acompañan dos de sus hijos, que suelen ayudarla con las ventas, pero ahora están jugueteando porque prácticamente no hay  trabajo

Los niños van a la escuela en la mañana, con la excepción de  Víctor Manuel, el mayor. Va a cumplir doce años y cursaba el cuarto grado en este período escolar, pero fue expulsado por pelear con sus compañeros.  La pequeña Lucía, de solo seis años, tampoco está muy bien en sus estudios. Aunque afirma que obtiene buenas calificaciones, el padre se apresura a desmentirla discretamente.

Es sorprendente pensar que viven todos ahí, no sólo por el espacio tan reducido de que disponen, sino también por las condiciones en que se encuentra la casita, ubicada en la parte sur el sector El Abanico, de Herrera, al lado de autopista 6 de Noviembre.

Desde afuera se ven las carencias. En el techo, algunos trapos viejos tienen la función de cobertores y en el suelo descansan las los rayos de luz que se filtran por las grietas del zinc: no hay dudas de que llueve adentro casi igual que afuera, aunque Manuel confiesa que le preocupa más el viento que el agua: “Tenemos más miedo a que una brisa fuerte nos tumbe el rancho”, dice luego de explicar que “una lluvia se pasa como quiera” y que la corriente de la cañada de Guajimía, que pasa justo al lado, nunca ha subido hasta la casa.

Dos paredes, el fruto de diez años de esfuerzos

Y, como si fuera un secreto, la fachada de madera a punto de desplomarse oculta una de las esperanzas más acariciadas por Manuel y su familia: unas paredes de block que él empezó a construir hace diez años.

En un tramo ya está concluida la pared, y en otros no llega todavía a un metro de altura. El hombre cuenta que empezó  a trabajar en esta casita antes de que naciera la mayoría de sus hijos. Al principio compró quinientos blocks y él mismo los colocó hasta formar el primer muro de la que algún día será su casa. Desde entonces, compran materiales cada vez que pueden.  El otro gran avance tuvo lugar algunos años más tarde, cuando Manuel  y su esposa participaron en un san que los ayudó a conseguir 15 mil pesos que también invirtieron en la obra.

En total han destinado poco más de 40 mil pesos a este proyecto y Manuel estima que les falta poco. “Es sólo tirar la viga de amarre, cobijar y meternos ahí”, dice con un tono de alivio. Sin embargo en todo lo que todavía falta por hacer podría costar hasta  20 mil pesos, y conseguirlos, en su situación, es una tarea demasiado difícil.

Ha escuchado en las noticias que los precios de los alimentos y los materiales de construcción podrían seguir aumentando y esto lo preocupa mucho: “Tratamos de avanzar, corriéndole a los tiempos malos que vienen, pero parece que esto nos va a arropar, porque imagínese, si no tenemos dinero…”

Tras referirse a las deficiencias humanas y económicas que lo limitan, el hombre repara en que si tuviera su pierna derecha, como antes, todo fuera más fácil. Narra que antes de perderla trabajaba todo el día y toda la noche para sacar adelante a su familia. Por las noches se desempeñaba como vigilante de una empresa privada y, durante el día, vendía tarjetas telefónicas en la esquina de las avenidas Luperón y Anacaona.

Fue justamente vendiendo tarjetas que perdió la pierna, hace casi cuatro años, cuando fue atropellado por un auto cuyo conductor huyó de inmediato.

Las heridas que el impacto le ocasionó fueron muy severas y Manuel permaneció internado en el hospital de Herrera durante 28 días. Al final le había ganado la batalla a la muerte, pero había perdido la vejiga y la pierna derecha. Al salir del centro médico, su vida había cambiado para siempre y, en lo adelante, todo sería aun más difícil.

“Ahora soy más pobre, porque no puedo trabajar”, reflexiona. En efecto, ni siquiera puede levantar un objeto pesado. Los médicos le advirtieron que, tras perder la vejiga, hacer esfuerzos físicos severos podría implicarle una crisis mucho más difícil de superar.

Agrega que, ahora, la familia completa (de seis y, a veces siete miembros)  vive de lo que produce en un puesto de ventas de frutas y bizcochos que tienen en la intersección de las avenidas 27 de Febrero y 6 de noviembre, que les arroja ganancias que oscilan entre 300 y 500 pesos al día en temporadas regulares. Sólo en diciembre, en los días previos a navidad, sus ingresos mejoran y pueden obtener hasta mil y mil 500 pesos en un día.

A pesar de esta situación, cuando se le pregunta que qué ha sido lo más difícil que le ha tocado enfrentar en todo este proceso, Manuel responde, con reverencia, que no le ha tocado nada difícil porque a pesar de sus problemas todavía Dios le ayuda a mantener a su familia: “Le doy gracias a Dios por todo”.

El sostén de la familia

Mariluz Pineda, la fiel compañera de Manuel Emilio, trabaja junto a él para sostener la familia.Pasa de las cinco de la tarde y ella todavía está en el puesto de dulces y frutas, junto a la terminal de los autobuses que viajan para el sur. La acompañan dos de sus hijos, que suelen ayudarla con las ventas, pero ahora están jugueteando porque prácticamente no hay  trabajo.

Desde el accidente, Mary Luz Pineda, la esposa de Manuel, es quien lleva las riendas del trabajo para el sustento de la familia. Es una sureña de 29 años, de piel clara, con una belleza tan limpia y armoniosa que casi oculta los rasgos de la amargura que viene de la mano de la pobreza.

La mujer relata que conoció a su esposo hace alrededor de doce años. Para entonces, ella tenía apenas 17 y ya se había separado del padre de su primer hijo. Según su testimonio, unir su vida a la de Manuel fue una gran fortuna porque, en doce años de convivencia, él nunca le ha fallado a ella ni a los niños. Dice que incluso tras el accidente, a veces se vuelve malhumorado o se pone muy triste, pero nunca convierte sus pesares en agresiones.

Cuenta que, a pesar de sus limitaciones, Manuel la acompañaba en el puesto hasta hace alrededor de un mes. Pero un día salió a pedirle  “una ayuda” a unos supuestos amigos suyos para saldar unas deudas y, desde entonces, se va por ahí casi todas las mañanas y vuelve a la casa en la tarde,  con un puñado de monedas que a veces alcanzan a sumar entre 200 y 250 pesos.

Mary Luz confiesa, con pena, que está convencida de que su esposo sale a las calles a mendigar. Cuando se le pregunta que por qué dice eso, responde que, aunque él no le ha contado nada a ella ni a los niños, en doce años se conoce muy bien a una persona.

“Yo sé que es pidiendo porque él dice que sale a trabajar en la oficina de unos amigos de él.  Pero ¿qué trabajo le pueden dar en esa oficina sabiendo el problema que tiene, que es operado y no puede levantar nada? Cuando tienes mucho tiempo con una persona… ya yo lo conozco.  Él llega cansado a la casa. Le duelen los brazos y el cuerpo, y eso le pasa cuando anda mucho, por las muletas”, explica Mary Luz.

Piensa que si le hace la pregunta de manera directa él sentiría mucha vergüenza y por eso prefiere no hablar del asunto.

Cuando toca este tema su rostro adquiere una expresión indefinida, pero que claramente debe estar entre la tristeza y la desesperación. Explica que en la segunda quincena del mes viajará a su pueblo natal, El Cercado, en San Juan, y que cuando vuelva, buscará la manera de vender café o algo, lo que sea. Así Manuel se quedaría atendiendo la mesa de la parada de autobuses con ayuda de su hijo mayor, que con casi 12 años ya es “el hombrecito de la casa”.

Piensa que si cambia de actividad laboral, quizás sus niñas pasen menos tiempo en la calle. Además quiere cambiarlas de escuela, porque asisten a “La Altagracia”, y tienen que cruzar la autopista 6 de noviembre todos los días. “Es muy peligroso porque ahí matan mucha gente”, comenta.

Aspira a terminar de criar a sus hijos sin vicios ni malas costumbres, a que estudien en la universidad, a  terminar de levantar la casita de block que empezaron a construir hace diez años… En fin, habla  de todas las cosas que tiene que hacer, que son muchas y difíciles. En una sola oración su rostro se muda de la congoja a la esperanza: “Hay que creer que se puede… ¿cómo te digo? Hay que creer que uno puede echar para adelante”.

Está claramente convencida de que todo es posible: ya la vida le demostró una vez -con el accidente de su marido- que las cosas pueden cambiar de  manera radical en un abrir y cerrar de ojos.

 

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