Ganimedes el verdadero origen humano

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Ganimedes el verdadero origen humano

Una hostoria real

Fui amigo de Pepe desde niño (permítaseme guardar respetuoso silencio sobre su verdadero nombre). Crecimos juntos, y juntos pasamos, también, las etapas de la adolescencia, la juventud fogosa y alegre, y (a madurez reposada de hombres comunes y amantes de la vida hogareña, de esa vida modesta y sencilla que hacen en este mundo millones de seres de !a clase media.

Ambos, igualmente, pudimos disfrutar de una educación esmerada para asegurar una vida cómoda y respetable que, sin estar exenta de las luchas y problemas comunes a la generalidad, nos permitió formar hogares dignos, Pepe y yo tuvimos la suerte de encontrar esposas buenas, comprensivas, hacendosas, y aunque no llegó a tener hijos, como yo, había disfrutado de treinta años de vida conyugal verdaderamente feliz.

Con laboriosidad y honradez logró reunir lo preciso para rodear a su esposa de los elementos suficientes para una vida tranquila, y en los últimos años de su matrimonio gozaron de la comodidad de una casa propia, rodeada por amplio y hermoso jardín.

Así llegó el momento en que el destino dispuso la separación de los dos cónyuges: una noche» de manera intempestiva, dejó de latir el corazón de su dulce compañera, y desde ese instante cambió la vida de mi amigo por completo. Siempre había sido aficionado al estudio de lemas profundos.

Conocía a fondo la Psicología, la Filosofía y la Metafísica; las más de las veces, dedicaba largas horas a la investigación del pasado de la humanidad y en la resolución de problemas relacionados con la Vida y con el Cosmos.

A la muerta de su esposa, después de los primeros días del fatal impacto. se había encerrado en su casa, en medio de sus recuerdos y sus libros, siendo para mi tarea tremenda el lograr sacarlo, de rato en rato, para procurarle alguna distracción.

Transcurrieron varios meses desde el sepelio de su señora, y nuestra amistad, cada vez más estrecha y más íntima, hizo que nos viéramos y pasáramos juntos largas horas todos los días. Llegó a ser cuotidiano compañero de mesa de los míos, y mis hijos se acostumbraron a tratarlo como «el tío Pepe», y a esperar su llegada con gran interés, porque siempre tenia alguna historia amena y divertida que contar.

Así las cosas —hace de esto apenas dos meses— nos sorprendió no recibir su acostumbrada visita. Esperamos hasta tarde para almorzar, y como no llegara, llamé repetidas veces por teléfono a su casa, sin obtener respuesta. Sabíamos que desde la muerte de su esposa, tenía sólo a su servicio un antiguo mayordomo; pero se había habituado a cerrar con llave todas las puertas de la residencia cada vez que salía, y aún en la noche, permanecía encerrado en la casa, pues el criado tenía un departamento aparte, en el jardín, sin comunicación alguna con el resto del edificio, ni con el teléfono.

Como el resto del día no lograra comunicarme con él, esa noche insistí en mis llamadas, con idéntico resultado. Nos extrañaba aquel silencio, tan desusado, y sabíamos por experiencia que no acostumbraba pernoctar fuera. Por tales razones, al no lograr comunicación a la mañana siguiente, fui en su busca.

Encontré al mayordomo nervioso y profundamente extrañado.
—No sé nada del señor —me dijo—. Anteanoche llegó a la hora de costumbre, cerró las puertas como siempre… y no lo he visto en todo el día.

—¿Ni a la hora del desayuno?

—Tampoco; no ha abierto las puertas en ningún momento…
Guardé silencio. Una sospecha cruzó por mi mente. Busqué en mi llavero las llaves que Pepe me diera a poco de morir su esposa. En esa ocasión me había dicho:
«Tómalas para que puedas entrar cuando gustes. Si alguna vez no abriese las puertas como todos los días, hazlo tú por mi… Y si me encontraras muerto, cumple las indicaciones de un sobre lacrado que hay en el cajón central de mi escritorio».
Con tales pensamientos ingresé a la casa acompañado por el criado.

Todo estaba en perfecto orden. Incluso la cama no había sido descubierta; pero el cobertor arrugado denotaba que el cuerpo de una persona había reposado sobre ella sin destapar las ropas. Junto al sillón, el cenicero del velador estaba lleno de colillas. Se comprendía que esa noche estuvo fumando mucho. Pero ningún indicio de su paradero.

Cada vez más intrigado, luego de buscar por todas partes en la esperanza de hallar algún papel, alguna nota que hubiese podido arrojar luz sobre su extraño proceder, tan fuera de su diaria conducta, llamó por teléfono a las personas con quienes hubiera posibilidad de saber algo. Nadie lo había visto desde días anees. En cuanto al mayordomo, aseguraba haber hablado con él aquella noche. sin haber notado nada extraño en sus palabras o actitudes.

Yo no sabía qué pensar. Conociendo íntimamente el carácter y los hábitos de mi amigo, no podía aceptar la idea de una aventura romántica o sexual, especialmente en aquellas circunstancias, pues el mayordomo aseguraba haber visto prendida la luz de su dormitorio hasta media noche, hora en que se quedó dormido. Por otra parte, la casa dista mucho de la ciudad y el único medio de comunicación con ella es por la Carretera Central, y la pista a Monterrico en automóvil. Y Pepe no había sacado, tampoco, su carro del garaje.

Discurríamos por el jardín, tratando de encontrar soluciones a tan extraña desaparición, cuando reparé en ciertos detalles que, al principio, no llamaran mi atención.

En la parte central de aquella superficie cubierta de grass, sobre una extensión de unos quince a veinte metros de diámetro, aparecía la yerba quemada en un amplio círculo en cuyo centro se apreciaba, también, las huellas de aplastamiento dejadas por algún artefacto grande y suficientemente pesado como para imprimir sobre el suelo cuatro grandes agujeros.
—¿Quien ha hecho esto?— le pregunté al mayordomo

—No sé señor…

—¿Desde cuándo están estos huecos acá?

—No sé señor… es la primera vez que los veo.

—¿Y esa yerba quemada?

—Yo no la he quemado señor…

—¿Y Don Pepe?

—No lo creo porque hace mucho que no baja al jardín.
Miré largamente al hombre en silencio. Estaba nervioso, pero hablaba con franqueza.

Lo conozco de años, y siempre fue serio y honrado. Dábamos vueltas en torno de aquellas misteriosas marcas y cada vez nos resultaba más confuso y enigmático todo ello. Habían pasado dos horas desde mi llegada. Tenía asuntos urgentes que atender en la capital y opté por regresar a Lima. Esta vez, antes de abandonar la casa, cerré con llave todos los compartimientos interiores, dejando abierta la comunicación con el teléfono, y le di instrucciones al mayordomo de comunicarse diariamente conmigo en caso de que Pepe tardase en regresar.

Por el trayecto, durante la media hora que se emplea desde Monterrico hasta Urna, trataba de hilvanar mis pensamientos y encontrar una respuesta lógica a lo que estaba sucediendo. Mi intimidad con Pepe, que no tenía secretos para mi, hacíame presumir que si hubiera mediado en él algún plan preconcebido, algo de ello me habría dejado entender. Sin embargo, nada hubo en su actitud diaria que pudiese relacionar con lo que estaba sucediendo. Y si esa noche hubiera salido en forma normal de su casa, habría necesitado el carro, que permanecía guardado en el garaje.

Cabía suponer, en todo caso, que otra persona o personas lo hubiesen recogido; pero eso no podía haber sido sino después de las doce de la noche, porque el mayordomo aseguraba haber estado despierto, escuchando la radio hasta esa hora, y que antes de dormirse había visto prendidas las luces del dormitorio de Pepe. Si alguien lo hubiese buscado pasada esa hora, habría tenido que hacer sonar el timbre de la puerta exterior del jardín, y ese timbre se comunica directamente con el departamento del mayordomo.

Cabía pensar, aún, que mi amigo hubiera estado de acuerdo con alguien para que fuera por él; pero en tal caso habían convenido en no hacer ningún ruido perceptible por el criado. Esta deducción tomó cuerpo en mí al recordar que no se había acostado y que el cenicero del velador estuviera lleno de puchos. Ello sugería un plan premeditado por él, De ser cierto, los hechos debían relacionarse con alguna faceta de la vida intima de mi amigo que yo desconocería. Esto no era lógico para mí; al menos así lo quería entender, por la profunda y amplísima confianza existente entre ambos.

Cuando llegué a mi casa a la hora del almuerzo, la situación no había cambiado. Ninguna noticia de Pepe, Y en mi fuero interno iba cobrando fuerza la sospecha de que existiera en su vida algún secreto, guardado tan celosamente, que ni yo, su confidente, lo conocía…

Corrieron los días y transcurrió una semana sin tener el menor indicio de él. Mi esposa y su empleado me pedían avisar a la policía. A mis hijos, de común acuerdo con mi mujer, les habíamos dicho que estaba de viaje. Yo deseaba ganar tiempo en espera de que Pepe apareciera de un momento a otro, y no quería llegar a medidas precipitadas, por la sospecha de que en todo ello hubiera algún designio privado, voluntario de mi amigo. Varias veces estuve tentado por abrir el sobre lacrado que dejara en el cajón de su escritorio.

Pero otras tantas me contuve, obedeciendo el tenor de lo que aparecía escrito en ese sobre:
«Para el Sr. Yosip Ibrahim»
«Mi querido Yosip:
«Si yo muriese repentinamente, ruégote abrir este sobre y realizar al pie de la letra todas las indicaciones en él contenidas, antes de proceder a mi sepelio. Pero no la abras por ningún otro motivo».
«Pepe».
Estas enigmáticas palabras iban afirmando en mi fuero interno la convicción de que existía un acto voluntario, un determinado propósito sólo conocido por él y por quienes, forzosamente, tuvieron que participar en su sigilosa salida. Por tales razones volví a oponerme a que se tomara medidas policiales o de otro orden, Pero ¿quiénes podían ser la persona o personas participantes en tan misterioso proceder?… Con toda prudencia, y sin dar a conocer los verdaderos motivos, indagué entre todas las comunes amistades, relaciones comerciales y de todo orden, siendo negativas cuantas investigaciones hiciera. Nadie sabía nada de Pepe.

Nuestra intranquilidad aumentaba con el correr de los días, y llegué a temer que hubiese sido objeto de algún atentado por motivos que no alcanzaba a presumir. Al acercarse el fin de la segunda semana sin noticias, nuestra tensión nerviosa estaba a punto de hacer crisis.
—No podemos continuar así! —me repetía, a cada instante mí mujer— Debes hacer algo» y de inmediato– ¿no te das cuenta que pueden complicarte gravemente por tu inercia, si le ha sucedido alguna desgracia? ¿Cómo explicarías tu silencio… tu calma para denunciar su desaparición–.?
Eso mismo pensaba yo también. Ya habían transcurrido más de dos semanas. Mi estado de ánimo era tal que no podía trabajar ni dormir tranquilo. Aquella noche —dieciocho días exactos desde la de su desaparición— ni mi esposa ni yo pudimos conciliar el sueño. Toda la madrugada la pasamos discutiendo sobre la conveniencia de dar parte a la policía. Al amanecer, estábamos de acuerdo en hacerlo esa misma mañana. Como no habíamos cerrado los párpados en toda la noche, el cansancio nos venció y ambos nos quedarnos dormidos.

Pero no duró mucho nuestro descanso.

A las ocho de la mañana, el timbre del teléfono, sonando insistentemente nos despertó.
—¡Aló! ¿Eres tú. hermano? —preguntó Ja voz de Pepe al otro extremo de la línea.

—¡Qué te ha sucedido!.— ¿dónde has estado?,., ¿de dónde llamas?

—Hablo de mi casa. Estoy bien; pero no puedo explicarte nada por teléfono. Necesito hablar urgentemente contigo, a solas. No le digas nada a nadie. ¿Puedes venir hoy mismo?

—¡Claro! .. Voy a verte en cuanto me vista… Pero ¿qué es lo que pasa?

—Te repito que no puedo decirte nada por teléfono. Perdona las molestias que seguramente les he ocasionado, según lo que me cuenta Moisés. No ha estado en mis manos el evitarlo. Abraza a Rosita y a los chicos y ten la bondad de venir lo antes posible, pues el tiempo apremia. No me preguntes nada ahora. Cuando estés acá te lo explicaré todo…

Dos horas más tarde al llegar a su casa, salió a abrir Moisés el mayordomo. El hombre era presa de fuerte excitación, y sin darme tiempo a preguntar nada, me dijo apresuradamente:
—¡Señor! ¡Anoche lo trajeron… en un «platillo»… con estos ojos lo he visto!… ¡Era una máquina enorme… de esas que dicen que vienen de otros mundos…!
Hablaba mientras nos dirigíamos a la casa atravesando el jardín; y antes de entrar me señaló el centro de la explanada de grass.
—¡Allá están de nuevo, las marcas que vimos la otra vez…! ¿Se acuerda, señor de la yerba quemada y de los huecos que nos llamaron la atención?… ¡Los ha hecho el «platillo»…!
Pepe salió a recibirme y me condujo directamente a su escritorio. Yo me había quedado mudo, Las palabras del criado eran algo inexplicable para mí. Y mi amigo no me dio tiempo a salir del asombro. Actuaba con rapidez pero con sereno aplomo. Como viera, en mis ojos, la emoción que me embargaba, sonrió.
—Te voy a servir un whisky. Comprendo lo que te pasa —me dijo— y necesitas estar tranquilo, para que puedas poner toda tu atención en lo que debo explicarte.

—¡Pero.,.! ¿qué significa eso del «platillo»?

—Veo que ya Moisés te lo ha dicho—
Hizo una pausa mientras me servía el licor, y haciéndome tomar asiento, continuó:
—Comprendo tu estado de ánimo y deseo enterarte de todo, comenzando desde el principio.

—Pero… ¿dónde has estado? ¿por qué no nos avisaste nada?

—No podía… Todo fue vertiginoso, imprevisto hasta cierto límite. No me fue posible comunicarme con nadie, pues me llevaron fuera de este mundo… Escúchame tranquilo y no pienses que me he vuelto loco. Lo que te acaba de decir Moisés es cierto: He viajado en un OVNI, en uno de esos aparatos a los que el vulgo ha bautizado con el nombre de «platillos voladores»… He conocido un mundo maravilloso… ¡un verdadero paraíso!… y voy a regresar a él…

—¿Que?

—Si. Yosip… Comprendo tu asombro y tengo que enterarte minuciosamente de todo lo sucedido; y, además, pedirte que me ayudes a arreglar mis asuntos personales, porque dentro de quince días volverán por mí…

—¿Quiénes…? ¡De qué estás hablando…!
Pepe guardó silencio. Me miró profundamente. En sus ojos creí advertir un brillo extraño, una expresión desusada en él. Su mirada parecía penetrar hasta lo más recóndito de m¡ conciencia, y sentí la rara impresión de que, a través de esa mirada, una voz me hablara con palabras inaudibles pero que podía entender en lo más hondo de mi ser y que me decía:
«¡Espera y escúchame con toda atención!»
Abrió el cajón de su escritorio y extrajo el sobre lacrado.
—¿Te acuerdas de esto?
Asentí con la cabeza. El abrió el sobre y, extrayendo un voluminoso paquete de documentos continuó:
—Vas a conocer, ahora, lo que te pedía hacer en caso de mi muerte. Las circunstancias han cambiado en forma tan imprevista; los hechos a que voy a referirme han modificado de tal manera mi vida, que voy a poner en práctica todo lo que en este sobre te indicara. con la única excepción de aquellos detalles que se referían a mis instrucciones post morten, que ya no van a ser necesarias. Pero antes, prométeme guardar el más estricto secreto, mientras yo permanezca acá. sobre todo lo que ahora vas a conocer, secreto que mantendrás hasta que yo me haya ido de este mundo.

—¿Estás hablando en serio?

—Enteramente… Y por eso te pido que guardes el más absoluto silencio sobre todo lo que vas a conocer y sobre los pasos que ambos hemos de dar en estos días-.- ¡No me interrumpas! Voy a revelarte un detalle íntimo de mi vida que nadie conoce en este país. Lee esto…
Me alcanzó un documento que había extraído del sobre. Era algo así como un diploma, escrito en lenguaje que yo no conocía, y adornado con extraños símbolos y figuras orientales.
—Está escrito en sánscrito —me dijo—, y es el título de admisión en una antiquísima orden esotérica secreta, a la que pertenezco desde hace más de treinta años. Ya tu sabías de mis estudios filosóficos y metafísicos; pero nunca pude revelarte que esos estudios estaban tan avanzados que había llegado al dominio de conocimientos y desarrollo de facultades que muy pocos poseen en este mundo. Desde la muerte de Marita me propuse investigar, en ese terreno, el enigma apasionante de los OVNIS.

Tenía referencias especiales acerca de ellos y, al amparo de los poderes adquiridos en mi largo adiestramiento esotérico, inicié la labor de hallar la forma de comunicarme con los seres que los dirigen. Después de largos meses de esfuerzos logré una primera comunicación mental, que luego se repitió, telepáticamente, de manera más convincente y positiva. Pude llegar a captar un mensaje inteligible y, al cabo, una conversación concreta y plenamente satisfactoria. De tal suerte, la noche aquella, en el más profundo secreto, me había preparado para recibir un nuevo mensaje.– pero en vez del mensaje llegaron ellos, en persona…

Había establecido, horas entes, la comunicación acostumbrada, y por toda respuesta recibí esta orden: «¡Espéranos!»

—Pero ¡hablan nuestro idioma!

—No es exactamente eso… El lenguaje hablado o escrito necesita de la emisión de sonidos, de estructuración de palabras y frases. El lenguaje telepático, por medio de la transmisión del pensamiento, no tiene esas limitaciones. El pensamiento se manifiesta a través de ondas electromagnéticas parecidas a las que emplean la radio y la televisión, y que, en verdad, se encuentran muy cerca de éstas en lo que podemos llamar la «escala cósmica de frecuencias».

Nuestro cerebro, y todo el sistema nervioso, pueden ser comparados con un sistema transmisor-receptor, de una sutileza y ciudad muy superiores a todas las máquinas creadas por el hombre. De tal manera es posible comprender cómo se producen los fenómenos de ideación, o formación de imágenes internas dentro del circuito cerrado que constituye nuestro cuerpo, en otras palabras, cómo pensamos; y también la posibilidad de emitir esas ondas y de recibirlas, según sea la potencia y la habilidad que se tenga para efectuar ese trabajo. ¿Me comprendes?… Así nos entendimos…

Dos horas más tarde, en la madrugada, una luz poderosa iluminó el jardín y vi descender, suavemente, la máquina…

—¿Cómo son…?

—Muy parecidos a nosotros, aunque poseen características especiales, diferencias propias a un desarrollo evolutivo con un millón de años, aproximadamente, más adelantado que el nuestro… Pero permíteme continuar, que en su momento, conocerás todos esos detalles. Debo confesarte que, pese al fuerte dominio propio a que estoy acostumbrado, como fruto de la férrea disciplina que seguimos en la Orden. la presencia de aquella nave extra terrestre en mi jardín me produjo una viva emoción.

Salí a la puerta y esperé.

Lentamente se descorrió un paño de la cúpula metálica del «platillo», dejando al descubierto el marco de una entrada. En ella aparecieron dos personas vistiendo algo así como las escafandras que utilizan nuestros astronautas.

Se detuvieron en esa puerta y, mientras de la máquina se proyectaba una escalera mecánica, mi cerebro captó claramente la invitación que me hacían para acercarme y subir al aparato. Venciendo el temor que la parte material de mi naturaleza humana imprimía en mi conciencia, obedecí.

Me recibieron con demostraciones inequívocas de satisfacción, y en el silencioso lenguaje telepático que nos comunicaba se me hizo saber que era bienvenido, y tenían la misión de conducirme ante sus superiores para mostrarme cosas que los hombres de este mundo debían conocer. Fui guiado amablemente al interior. Era un recinto circular rodeado de tableros de control. Algo así como la sala de comando de un submarino o una cabina de controles electrónicos. Ahí nos esperaban otros tres tripulantes/y el que parecía ser el jefe me ofreció una vestimenta parecida.

Me dijeron que íbamos a viajar fuera de la tierra. Que no temiera nada, porque su misión era de paz y de enseñanza. Que cumplían órdenes sabias que sólo buscaban el mejoramiento de todos los habitantes de nuestro sistema solar, y que las preguntas que leían en mi pensamiento serían satisfechas, únicamente por sus superiores.

Se había cerrado la compuerta del exterior y vi cerrarse, igualmente, otro mamparo de separación interior. Mientras los dos que me recibieran fuera me ayudaban a vestir esa extraña escafandra, los otros ocuparon sus puestos junto a sendos aparatos con múltiples botones. Se escuchó un ligero silbido y la vibración de todo el conjunto me dio a entender que partíamos. Uno de mis asistentes mi invitó a mirar por un amplio ventanal, y mi sorpresa fue grande al ver que nos elevábamos con tal rapidez que la Tierra empezaba a verse en toda su redondez y, segundo a segundo, más pequeña.

Al preguntarles a qué velocidad íbamos, sonrieron.
—Estamos empleando marcha lenta hasta salir de la atmósfera de este mundo —fue la respuesta—- Más adelante utilizaremos velocidad de crucero.
Pasaban los minutos. Desde el ventanal contemplaba absorto, cómo se alejaba la Tierra que ya no era sino una simple bola, cual una pelota de fútbol. De pronto un nuevo silbido y una trepidación más fuerte mi hicieron notar que la velocidad aumentaba.

El espació que nos rodeaba, fuera de la máquina, era negro, tachonado de diminutos puntos luminosos. En un corto lapso nuestro planeta se estaba convirtiendo en uno de esos lejanos puntos, y no pude menos que sentir un escalofrío en todo mi ser. Mis dos acompañantes me observaban, y uno de ellos me puso una mano en el pecho. Experimenté la sensación de que por mis venas circulara una fuera extraña, algo así como el efecto de un estimulante cardiaco en los casos de shock. El conato de desvanecimiento desapareció y minutos después me sentía reconfortado y sin ningún temor.

Me invitaron asiento en uno de los raros pero muy cómodos sillones que habla en el recinto. Todo el conjunto tenía aspecto metálico; pero en los sitios de contacto con el cuerpo era de suavidad y plasticidad superiores a cualquier otro material que yo conociera.

Consulté mi reloj y vi que había transcurrido una hora desde la partida. Mientras descansaba, traté de calcular la distancia que nos separaba de la Tierra, que sólo era como un gran lucero en el espacio, y mi asombro no tuvo límites al darme cuenta que debíamos encontramos a muchos cientos de miles de millas…
Los tripulantes estaban dedicados a observar los mecanismos de control, y pocos minutos más tarde me llamaron al ventanal.

Frente a nosotros, muy lejana aún, se distinguía una luz celeste que se agrandaba rápidamente.
—Esa es nuestra base —me dijeron—.
Al mismo tiempo noté que la máquina disminuía su velocidad. El foco luminoso acercábase vertiginosamente. Dos minutos y pude ver ya, claramente, algo como una enorme bola brillante que, a medida que nos fuimos acercando mostraba los contornos de una gigantesca estructura metálica esferoidal. Nuestra nave fue disminuyendo la rapidez de su vuelo, y pocos segundos más tarde girábamos en torno de aquella mole suspendida en el espacio.

Podía apreciarse una serie de extrañas construcciones, posiblemente edificios, y otros aparatos iguales al que ocupábamos, ordenadamente alineados en lo que supuse sería una pista circular de estacionamiento. Nuestra máquina se detuvo exactamente sobre el centro de aquella pista, o lo que fuera, manteniéndose inmóvil a una altura como de trescientos metros.

A poco, ante las señales emitidas por una de las pantallas de control, comenzamos a descender suavemente hasta posarnos, sin la menor trepidación, en esa gran plazoleta de metal. Los que me habían asistido durante el viaje me dijeron que bajara con ellos. Me regularon unas llaves del casco de la escafandra, y las puertas corredizas se abrieron. Abajo esperaban otros seres con iguales vestiduras, quienes me guiaron hasta una construcción semiesférica a uno de los extremos del lugar en que quedó la astronave.

No pude ver, por ninguna parte, focos de luz, reflectores, o algo por el estilo. Sin embargo, todo aquel sitio estaba profusamente iluminado, como si estuviéramos de día. Era como si de las mismas estructuras emanara la luz en todo el conjunto. Fui introducido en ese raro edificio, y mientras atravesábamos varios pasillos y salas, en que aprecié mobiliario y artefactos enteramente distintos a los que yo conocía, me dí cuenta que también en el interior reinaba la misma luz de fuera, sin distinguir ventanas ni lámparas de ninguna clase. Nos detuvimos ante un arco cerrado por un mamparo de bruñido metal que, al levantar una mano mi acompañante, se abrió lentamente.

Mi guía me invitó a entrar. Al hacerlo, vi que se quedaba atrás y la mampara metálica volvía a cerrarse. Inquieto miré en tomo mío. Estaba en una amplia sala circular, decorada sobriamente con escasos muebles, todos de aspecto metálico. En el centro había una gran mesa del mismo material y ante ella, sentado en un sillón parecido a los que viera en el OVNI, me esperaba un hombre de figura imponente que no vestía escafandra sino una especie de mameluco de textura brillante como los muebles.

Su estatura era mayor que la de los otros y que la mía siendo su cabeza, proporcionalmente al resto del cuerpo, ligeramente más grande que lo común en la tierra.

Por lo demás, el rostro no acusaba diferencias que pudieran ser desagradables a nuestro gusto estético, y pude notar en sus ojos, de brillo inusitado, una aparente expresión de dulzura.
—No temas —me transmitió en el poderoso lenguaje telepático, lenguaje que yo sentía cada vez más nítido y claro en mi interior—. Estás entre seres que sirven a todas las humanidades de este sistema planetario, como ustedes lo llaman. Vivimos para la Paz, el Amor y la Lux. Hemos recibido tus mensajes y analizado tus pensamientos. Sabemos que conoces muchas cosas que la mayoría de los seres de tu astro ignoran, y por eso te hemos traído.

Ahora te voy a enseñar cómo despojarte del yelmo de tu ropaje protector, pues en esta estancia hemos reproducido, exactamente, las condiciones de la atmósfera y presión de tu mundo, lo que a nosotros no nos afecta mayormente. No te extrañe que ya no use la vestimenta que has visto fuera. Más adelante comprenderás todo esto, porque te vamos a enseñar muchas materias y formas de vida y de trabajo que desconocen por completo en el astro al que vosotros llamáis «Tierra».
Se levantó, y con ademán paternal me ayudó a quitarme el casco de la escafandra. En efecto, la atmósfera y la temperatura en aquel recinto no dejaban pensar que estuviéramos a tan enorme distancia de nuestro planeta. Aún más, noté que mis pulmones se ensanchaban y que todo mi cuerpo recibía como un baño balsámico y reconfortante.

Iba a formular algunas preguntas, pero mi interlocutor se adelantó, respondiendo a mi pensamiento:
—Somos una raza muy antigua, que llegó al grado de evolución que hoy alcanza tu humanidad cuando tu mundo todavía no era habitado por seres inteligentes. Y nuestro Reino se encuentra en los confines de este sistema de astros que ustedes denominan «Sistema Solar». Tu vas a visitarlo y verás que ya en él se hallan otros hombres de tu mundo. Descansa acá —y me mostró un artefacto parecido a una mesa baja y plana— porque dentro de una hora del tiempo que tú conoces, emprenderás el viaje a nuestro Reino…
Sonrió levemente y salió. Al reclinarme en tan extraña cama sentí como aquella superficie amoldábase a la perfección a mi cuerpo, adaptándose, mullida, a las diferentes posturas que tomara, y, al mismo tiempo, me sentía envuelto por una tenue corriente de aire, o lo que fuera, de sutil perfume, que gradualmente me llevó a un profundo sueño.

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Fuente http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/ganimedes/ganimedes01.htm#CAPITULO_II
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